La noche

 

 

Como la de un determinado aroma,

la noche será, entre todas, sólo una.

Contemplando a la solitaria luna,

un alma verás que por fin se asoma.

 

Inmóvil mar que duplica en estrellas

a sus despiertos; niebla eres del día, 

vestigio del atardecer. Tardía

ventura, de máscaras y querellas;

 

La sombra es sólo una extensión de tu ser.

En aullidos sacrificas tus prendas,

hasta que gobierne un nuevo amanecer.

 

Allí el silencio quedará sin vendas...

Y habrá en la tierra muy poco para hacer.

Dormiré en tu piel hasta que te enciendas.

 

 

 

 

 

 

 

El camino que tomé

 

 

De las cosas que deparan los viajes,

recordaré un lugar que admiré en el tren.

El amor que no pudo ni podrá ser;

el extraño hombre que simulé habitar

sin proponérmelo. Recordaré los

versos que allí leí, como nunca otro;

La completa herida del atardecer.

El otro camino, que no tomé…

 

Ha quedado detrás, como una sombra,

la ennegrecida huella de la muerta hoja

derribada otra vez por mis recuerdos.

 

 

 

 

 

 

Final

(o El enemigo de los Thirties)

 

 

 

La noche caía despierta en Greenwich Village,

y desnudas las estrellas perecían

como tu corazón;

 

en donde cabía un universo entero,

de luces primeras;

enceguecedoras como tu imaginación.

 

Sostenías tu copa,

enjaulada de demonios y tibia verdad,

de antaño no resuelto y espinas arenosas.

 

¿Alguno entenderá que esa cruz,

no es la misma que la de esos dos ladrones

que beben despiadados su pobreza?

 

Tu propósito es olvidar

una multitud entera de belleza.

Pero tus versos rugen, como encadenados:

 

Al fin los pájaros serán libres como el cielo; 

aunque en la próxima mañana

en el canto de sus alas desaparezcan.

 

 

Carmelo

 

 

No recuerdo tus últimas palabras,

ni el tono de tu voz, ni tus costumbres.

Ni tu andar, ligero o lento,

ni las eternas cartas de tu partida.

No servirá de nada preguntar esas cosas,

porque recuerdo las tardes de silencio,

en esa triste esquina,

en donde compartíamos el sol, que todavía quemaba.

Era una huerta tu escondite,

tu única puerta a la soledad,

ahora que entiendo, y que busco las mismas cosas.

 

No recuerdo ninguno de nuestros diálogos,

a no ser algunas palabras,

que sólo tú pronunciabas de esa forma.

Porque camino aún esas mismas cuadras a tu lado,

saludando a quienes ya me conocen.

Eras tan grande,

que no sólo eras el padre de mi padre,

sino un nombre que jamás volví a escuchar;

a no ser cuando alguien te recuerda,

acaso en la anécdota,

y su vaga costumbre de magnificar.

 

Un hombre es inmortal en vida,

cuando ya pasea en un carruaje sin puertas;                 

y cuando en la memoria de un niño,

es sólo bondad, amistad y cariño.

 

Una tarde, como cualquier otra,

tuve que acostumbrarme a la desdicha

de saber que no volvería a encontrarte.

Salvo en los sueños,

en los efímeros recuerdos,

y en la viva imagen de mi padre.

 

 

 (c)  JUAN ARABIA

 

 

 

 

 

 

 

 

Juan Arabia-DR. 1983 Argentina

 

 


JUAN ARABIA: Bu
enos Aires 1983. Es poeta y crítico literario, Estudió Ciencias Sociales y se desempeña como investigador en el área de la didáctica de la escritura de ficción . Fundó y dirigió hasta el 2009 la Revista Literaria Megafón. Actualmente dirige la revista virtual e impresa BUENOS AIRES POETRY. En el 2011 publicó "Canciones del Gólgota", con prólogo de Luis Benitez. En 2012 "John Fante entre la niebla y el polvo", su primer trabajo en materia de crítica literaria