foto de la NKVD luego del arresto del poeta

 

 

Osip Mandelstam: el poema nunca escrito

 

 

 

         En el mes de diciembre de 1938, en un campo de prisioneros de la Unión Soviética, la temperatura congelaba la respiración y la conciencia de los comisarios políticos. Los 25 grados bajo cero no perdonaban nada. Implacables, solidificaban las lágrimas y no dejaban llorar, aunque no por ello impedían la tristeza. Al menos la tristeza del poeta Osip Mandelstam, o lo que quedaba de él al cabo de algunos años de permanencia en ese desierto helado en donde sólo el aullido del viento apaga el aullido de los lobos. En una barraca de madera que dejaba filtrar por sus ranuras los puñales de aire hirientemente fríos, durmió mal, como siempre, y despertó cuando la luz plomiza del lejano noroeste de Rusia, cerca del río Kolima, amagaba con aparecer, pero no aparecía. El sol era en su memoria un círculo delgado y frágil, que se desvanecía detrás de cada ráfaga blanca; Mandelstam ya no recordaba ni un sólo día de verano. Ni una primavera. Olvidado el color verde del pasto, el amarillo de las hojas de otoño, el rocío de las noches estivales, había olvidado también la agradable sensación del calor cuando se levantó de su camastro y salió hacia el galpón para tomar el te que le servirían sus guardianes.

 

No llegó a cruzar la calle y cayó muerto, probablemente agradecido por la generosidad de la naturaleza que le impedía seguir viviendo. Ya era hora de morir. Por fin, la muerte le abría las puertas de la libertad para escapar del tormento de su cuerpo sometido.

 

         Cuerpo que nunca más apareció. En alguna fosa común que todavía hoy comparte con cientos de intelectuales, revolucionarios o campesinos disconformes, los restos del poeta se ha congelado sesenta y cuatro inviernos. Nunca más se supo de él. No hay memoria que pueda rescatar sus huesos.

 

Y nunca, además, fue posible comprender el gesto que lo condujo a la cárcel y la muerte.

 

San Petersburgo

 

El avión se inclina hacia la izquierda en busca de la pista de aterrizaje y por la ventanilla aparecen gigantescos bosques de color ocre. El otoño se muestra frondoso y difícilmente descriptible en su belleza. Las variaciones sobre el amarillo le otorgan al paisaje una irrealidad de tal hermosura que corta el aliento. Decenas de miles de árboles compiten para desafiar a un pintor, a un poeta, a cualquiera que pretenda reproducirlos, volcarlos en el papel, transmitirlo para otros que no podrán imaginarlo. En cada  árbol, cientos de amarillos. Los motores se frenan y al interrumpir la imagen surge la duda: ¿es cierto lo que hemos visto? ¿O fue una ensoñación?

 

La máquina toca el suelo y la brusca frenada disuelve el encanto. A lo lejos, diminutas, se ven altas chimeneas de industrias  que recuerdan jornadas gloriosas leídas en los viejos, hoy más viejos todavía, textos de la Revolución: obreros, proletarios, días de pasión que se han disuelto como los miles de ocres que fugazmente acaban de pasar por la diminuta ventanilla. Este es suelo ruso, es San Petersburgo, la ciudad construida sobre un pantano y cuya historia en el Siglo XX levantó las ideas libertarias más formidables luego de la Revolución Francesa. Sólo ella, sus edificios, sus calles, sus canales venecianos sobreviven. El resto se hundió y llevó consigo a millones de seres que dispusieron voluntariamente sus vidas para ser llevados y otros millones que fueron sumergidos contra su deseo.

        

Calles anchas y arboladas desembocan en inmensos espacios vacíos. Palacios zaristas de preciosas y deterioradas portadas se enfrentan al cemento de edificios stalinistas de grises pálidos y helados. Parecen querer demostrar la solidez de un futuro que fue efímero. Las aguas de los canales se mueven lentas. Sorpresivamente, con un porte majestuoso e indiferente a la historia de los hombres, sólido y plomizo, sobre todo regio, aparece el Neva ancho y caudaloso. En sus márgenes se levantan palacios de colores vivos ahora opacados por la llovizna que desdibuja sus contornos. Todo el paisaje es difuminado por una luz que las pequeñas gotas que caen del cielo hace zigzaguear ante los ojos.

 

         Al costado izquierdo queda el Palacio de Invierno, y junto a él se extiende la avenida Nevsky alguna vez recorrida por multitudes vestidas de overol.  Unas calles más allá una figura conocida levanta enérgicamente el brazo, adusta, un pie adelante señalando una marcha que aparentemente no se detendrá jamás: es Lenin que indica el camino.

 

 

         El camino conduce a lo largo del canal Fontanka, una masa de agua domesticada y convertida en calle por el zar Nicolás. Detrás de árboles de hojas ocres hay un edificio de tres pisos con una angosta escalera de madera que desemboca en un largo pasillo con varias puertas. En cada uno de esos cuartos vivía una familia, salvo la poeta Anna Ajmátova que no compartía el suyo con nadie, viuda ya de su marido tempranamente fusilado y con su hijo adolescente detenido en la Lubianka. En esa habitación escribió buena parte de su obra, recibió a sus amigos poetas, pintores, críticos y actores. También a Isaiah Berlin. Y por supuesto a Mandelstam. En las cuatro paredes hay fotografías del poeta: antes y después de su primera detención, joven y envejecido por la prisión, sonriente en la foto familiar y serio en la de su prontuario.  Manuscritos de poemas se juntan con legajos policiales recuperados después de la Glasnov. Allí está apenas un trozo de su vida, y el doloroso espejo de una generación de artistas.

 

Una noche en vela. Un huevo duro.

 

         Osip Mandelstam, ruso por adopción, nació en 1891 en Varsovia en el seno de una familia judía. Miembro de la corriente acmeista, amigo de Anna Ajmátova, recibió la Revolución de Octubre con indiferencia. No le entusiasmaba el clima revolucionario que recorría Rusia y prefería mantenerse ajeno a la actividad política. Era miembro, como muchos otros, de la Unión de Escritores, pero distante de la militancia gremial de la entidad.

 

         Su energía era volcada exclusivamente en el papel, donde escribía poemas que nada tenían que ver con la revolución social, el comunismo o el proletariado. A diferencia de Mayakovsky, Babel y tantos otros poetas que se habían comprometido con el surgimiento de los soviets, Mandelstam prefería mantener distancia de esa estética que más tarde se encaminaría con paso militante hacia el realismo socialista.

 

         Sin embargo, como el suicida que busca el método más doloroso para acabar con su vida, Mandelstam creó –sin llegar a escribirla jamás-  la única poesía política de toda su existencia, un producto de escasa calidad literaria pero decididamente mortífero, como si le complaciera elaborar un veneno que garantiza la muerte pero a largo plazo y mediante indecibles sufrimientos. El poema ni siquiera tiene título, pero su lectura no permite confusiones: es contra Stalin.

 

         En la tarde del 16 de mayo de 1934 Anna Ajmátova caminó las cuadras que separaban su casa de  la vivienda de Mandelstam y su esposa Nadiezhda. Desde siempre acostumbraban a leerse mutuamente sus textos antes de darlos a conocer a otros. Los acercaban sus talentos literarios y un amor que trascendía las cuestiones estéticas. Es conocida la historia de ese día, narrada por Berlin: como en la casa no había absolutamente nada más que te, Mandelstam salió, sin un peso en el bolsillo, a buscar algo para comer. Regresó al rato con un huevo duro que le regaló un vecino y que pretendía compartir luego entre los tres.

 

         Estaban leyendo sus escritos cuando tocaron a la puerta. Se presentaron tres hombres: Guerasimov, Veprintsev y Zablovski, todos agentes de la policía secreta. Sin violencia, aunque ásperos, ingresaron en la casa y comenzaron a revisar cada uno de los papeles del poeta. No tenían apuro, y la labor les llevó toda la noche: buscaban la poesía que jamás podrían encontrar porque, sorprendentemente, nunca había sido volcada al papel por Mandelstam. Elaborada en su cabeza, permanecía guardada en su memoria.

 

         Fue una noche larga y tensa; cada nota, cada escrito fue revisado minuciosamente. Amaneció y Nadiezhda, Ajmátova y el poeta seguían sentados esperando que terminara la labor de los agentes. Los tres sabían que él iba a ser detenido y fue Ajmátova la que insistió para que Mandelstam comiera el huevo duro donado por el generoso vecino antes de salir hacia la cárcel de la Lubianka.

 

         El poema nunca escrito pero recitado en algunas oportunidades dentro del círculo de amigos, había sido copiado por alguien que pretendía los favores del régimen y que lo entregó a las autoridades. Esa delación le costó tres años de destierro en un campo, un breve período de libertad restringida y una nueva detención que acabó con su vida.

 

         Tres meses después de ese episodio, se realizó el Primer Congreso de Escritores Soviéticos y la palabra de Máximo Gorki fue escuchada con religiosa atención. Pero muchos resultaron defraudados: el discurso del escritor no incluyó mención alguna del poeta preso. A pesar de las solicitudes para que influyera ante las autoridades y lograra la liberación de Mandelstam, Gorki prefirió callarse. Preocupado por otros temas, habló de Oscar Wilde y lo incluyó entre los "muchos otros degenerados sociales creados por la influencia anarquista de las condiciones inhumanas en el estado capitalista".

 

         Unos meses más tarde, en enero de 1935, Gorki insistió en que "hay que exterminar al enemigo sin cuartel ni piedad, sin prestar la menor atención a los gemidos y suspiros de los humanistas profesionales". El peso que su voz tenía en la Unión Soviética era sólo comparable con el de León Tolstoi en la primera década del siglo. ¿Ignoraba que su consejo sería llevado a cabo por burócratas solícitos siempre atentos a satisfacer los deseos de Stalin?

 

         Ignorante o no, su palabra fue escuchada. En 1937 no hubo cuartel ni piedad: fueron fusilados el poeta Nikolai Kliuiev, cercano a Esenin, y el escritor Boris Pilniak; en 1938 murió el prisionero Mandelstam; el mismo año fue fusilado Aleksandr Arosev, escritor que había participado junto con los bolcheviques en la Revolución; en enero de 1940 fue fusilado Meyerhold, el vanguardista director de teatro que había hecho suyas las ideas revolucionarias; en el mismo mes y año fue fusilado el escritor Isaak Babel, autor de Caballería Roja. La lista es interminable e incluye críticos literarios, pintores, ensayistas, novelistas y cuentistas. La represión cultural fue tan vasta que Ajmátova la describió en un poema como una vigilia perpetua:

 

 

                                     Y vino una noche

                                  que no conoció la aurora.

 

         El florecimiento de la poesía rusa, producido en las últimas dos décadas del siglo XIX, y que fue acompañado por un nuevo impulso en los primeros años de la Revolución, cayó aplastado finalmente por la represión cultural. Cada poeta era investigado, cada poesía era minuciosamente leída e interpretada por funcionarios que trabajaban día y noche para encontrar una palabra, una estrofa que pudiera aludir a Stalin. El obsesivo control sobre los artistas demostraba, curiosamente, la importancia que la poesía tenía en el pueblo ruso.

 

No hay que quejarse. Este es el único país que respeta la poesía: matan por ella. En ningún otro lugar ocurre eso..., ironizaba Mandelstam cuando se enteraba de la muerte de alguno de sus colegas en alguna cárcel lejana. 

 

         El hombre nace, luego muere, pero la policía permanece...  había dicho ya Nikolai Gumiliev, el acmeista pionero entre los artistas por la fecha de su muerte: fue fusilado en agosto de 1921.

 

         Lo que distingue a Mandelstam de sus pares es que nunca participó del ímpetu revolucionario que recorrió la literatura rusa. No adhería a la poesía política ni tenía pretensiones de vincular su creación estética con el compromiso social, tal como hacían muchos de sus amigos. ¿Cuál fue el impulso, entonces, que lo llevó a crear una única poesía política en toda su vida, y precisamente en contra de Stalin? ¿Por qué, sin haberla volcado al papel desafió recitarla en algunos círculos literarios, donde muy probablemente encontraría un delator? Manifestación de rabia o búsqueda de un suicidio distinto que el utilizado por Mayakovsky, Esenin, Svetaieva o tantos otros, nadie podrá responder nunca a esas preguntas. Una frase pronunciada a su esposa podría orientar para descifrar el enigma del gesto que lo impulsó al sacrificio: La muerte de un artista no es el fin, sino su último acto creador. 

                      

 

 

Poema (sin título)

 

Vivimos insensibles, al suelo bajo nuestros pies,

Nuestras voces a diez pasos no se oyen.

 

Pero cuando a medias a hablar nos atrevemos

Al montañés del Kremlin siempre mencionamos.

 

Sus dedos gordos parecen grasientos gusanos,

Como pesas certeras las palabras de su boca caen.

 

Aletea la risa bajo sus bigotes de cucaracha

Y relucen brillantes las cañas de sus botas.

 

Una chusma de jefes de cuellos flacos lo rodea,

infrahombres con los que él se divierte y juega.

 

Uno silba, otro maúlla, otro gime,

Sólo él parlotea y dictamina.

 

Forja ukase tras ukase como herraduras

A uno en la ingle golpea, a otro en la frente, en el ojo, en la ceja,

 

Y cada ejecución es un bendito don

Que regocija el ancho pecho del Osseta.

 

    Noviembre de 1933.

 

 

 

 Sergio Bufano

 

 

 

 

 

osip mandelstam

 

 

(gracias  al poeta Miguel A. de Boer por el envío de este material)

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